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Tristeza

Publicado: 2010-03-02

Tus puentes de las relaciones están bloqueados me decía, mientras clavaba una a una tantas agujas como pude soportar.

Hace unos días tuve una fuerte discusión familiar, muy parecida a las que solía tener cuando chica. He de confesar que uno de mis mayores defectos consiste en querer ayudar. Es como si pudiera ver todos los caminos que llevarían a cada persona que encuentro hacia lo mejor de si mismos. Originalmente era una debilidad, hasta que aprendí a simplemente mostrar el camino y dejar que otros escojan si desean tomarlo o no, en lugar de empujarlos y hasta prácticamente cargarlos cuando creía que era necesario. Claro, entonces veía que estaban mejor, pero también les quitaba la oportunidad de aprender, de crecer, de experimentar qué era lo mejor para cada uno y por qué. Alguien alguna vez me dijo "eres como un angelito en la tierra, abres tus alas, los envuelves y guías hasta que todo esté bien otra vez". La familia, en mi caso, tiene la facilidad para ver siempre el otro lado. Para ver un monstruo que destruye cosas a su paso, inconsciente e insensiblemente, presa de la más torcida rebeldía.

Ayer en clase hablaban sobre el papel de Mandela en la película Invictus. Decían que la historia dos tenía que ver con la incapacidad de Mandela para unir a su familia. Complementaron la idea contando parte de la historia real: La esposa de Mandela lo había esperado durante años mientras él estaba en la cárcel. Cuando sale, decide sacarle la vuelta con una chica mucho menor que ella. No puede perdonarlo y la relación se desintegra. Comentaban en clase que siendo tan hábil para unir pueblos y por más intentos fallidos que hizo, nunca tuvo la habilidad suficiente para por lo menos tener una relación llevadera con ellos. Nunca pudo volver a unir aquello que se rompió. Quizá por eso Clint Eastwood no incluyó a su hija dentro de las personas que lo visitaron en el hospital y puso solamente a los empleados. Debe haber querido darle más énfasis al tema.

Mientras escuchaba esta discusión no pude evitar sentirme identificada con esa parte de Mandela. Hija de una familia disfuncional, donde el alcohol, las drogas y los desórdenes psicológicos manifestados en gritos y humillaciones eran parte del crecimiento, comencé un camino de servicio cuando murió mi padre. Estudiaba y practicaba más horas de las que dormía y sin embargo, no supe lo suficiente para ayudarlo. Lo acompañé, si, y hoy sé que me agradece enormemente el gesto. Luego de eso siguieron muchas más horas de estudios, de manera autodidacta, con algunos cursos salpicados en el camino. Mi quién soy se había convertido en qué puedo hacer por aquellos a quienes quiero, con lo poco ó mucho que hoy puedo saber. Y sin embargo, años más tarde, muere el hermano de mi mamá, quien para entonces no era solo mi tío sino que asistía como paciente a mi consultorio. Este año me mudé con mi abuelita, me lo permitió después de dos años de intentarlo, con la esperanza de ayudarla a procesar la tremenda depresión en la que vive sumida desde que la conozco. Con esa misma esperanza logré convencer a mi madre de asistir a los talleres que dicto y a algunas citas en el consultorio. Puedo ver la resistencia de cada una y la respeto. Al menos eso he aprendido. Curioso, después de estudiar tanto, resulta que la vida te enseña lo que nadie va a poder enseñarte nunca, ni con gestos ni con palabras, ni con textos, seminarios ó certificados. Así, aprendí que el no ver a mi abuelo antes de irse, porque no me dejaban salir en la oficina, significó que ahora lo tenga muy presente cuando necesito algo. Tengo presente su fuerza y todo lo que me enseñó con el ejemplo. Aprendí con mi padre que acompañar a alguien a morir puede ser realmente reconfortante, si dejamos la impotencia de lado y aceptamos que no siempre se trata de nosotros. Aprendí con mi tío que por más que uno haga todo lo que puede por alguien, es ese alguien el que escoge lo mejor para si mismo y que a veces, el morir significa estar sano.

Hace poco, en una de las discusiones, mi mamá me gritó "no queremos tu ayuda". Eso abrió viejas heridas y me recordó que solo podemos ayudar a quienes nos dejan hacerlo. Unos días atrás hubo otra discusión, mucho más terrible que las anteriores. Así fue como esta mañana, tarde para variar, llegué donde la acupunturista.

Tenemos que abrir estos puentes me seguía diciendo. Pude ver cómo acercaba una aguja a mi brazo izquierdo. Cerré los ojos y respiré, para que según yo me doliera menos. Lo siguiente fue algo que nunca había sentido. La aguja hizo que sintiera cómo un nervio recorría mi brazo y mi palma con tanto dolor, que sentí mi cuerpo arquearse hacia adelante. El dolor dio paso a un llanto desprotegido. Es la primera vez que no lloro por un recuerdo ó por algo que alguien dice, sino por puro y completo dolor. Sin darme tiempo a pensar, clavó la segunda aguja en el brazo contrario, exactamente en el mismo lugar. El dolor se duplicó, mi cuerpo y mi rostro reaccionaron compungidamente y el llanto se convirtió en gemidos quedos. No sabía que el cuerpo podía contener tanto dolor. Recién hoy entiendo por qué aseguran que el contrario del placer es el dolor. El orgasmo tiene un opuesto.

Siguió poniendo agujas por todo mi cuerpo mientras observaba cómo lloraba sin poder hacer nada por contenerme. Estás sufriendo mucho le oí decir, vamos a colocar la bendita indiferencia, para que no le des más importancia a las cosas de lo que tienen. Dicho esto, colocó dos agujas más, me dio un beso en la frente y con una sonrisa de cariño me dejó descansar algo más tranquila. Bendita indiferencia pensé, sintiendo cómo me iba relajando de a pocos.

Ya en el taxi de regreso, me quedé procesando las ideas que llegaban. Sintiéndome mucho más liviana, aunque aún algo llorosa, observé que el dolor había dado paso a ideas e imágenes de lo que había vivido en los últimos días. Cansarme para solo sentir dolor físico, así vengo sobreviviendo los últimos años me había dicho una amiga. Por lo visto si, el dolor físico evita que pensemos y a la vez nos obliga a sentirnos vivos. Me puse a pensar lo fácil que ha sido todo este tiempo para mi dar, lo difícil que ha sido recibir. Si me dejas ayudarte me había dicho hace un par de días un amigo. Debo andar en mis días de obvia, supongo.

Acabo de colgar el teléfono. Me llamó un amigo a preguntar cómo iba. Le conté que lo que pasé y curiosamente, excusé mi visita con un tengo mucha gente que sostener, ya no puedo darme el lujo de no estar bien. Me resulta ahora curioso porque mientras escribía sobre Mandela, recordé una frase que ayer dijeron era parte de uno de los diálogos de la película "Tengo cuarenta y dos millones de personas por quiénes preocuparme". Por lo visto, no soy la única que no encontró mejor opción que cambiar a su familia por otra.


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